La alianza traidora entre la izquierda y el islam es un complot que impulsa la islamización, la invasión del islam en nuestra sociedad. Muchos izquierdistas apoyan con cobardía al islam, viéndolo como arma contra el imperialismo occidental o el capitalismo. Otros, más lúcidos, rechazan esta postura, pues justifica tiranías y barbaries, ignorando el choque entre el fanatismo islamista y los falsos valores izquierdistas. La islamización impone la sharia, mezquitas y símbolos invasores. La izquierda se divide: unos ven al islam como aliado “progresista”, otros como amenaza a la democracia.
El ciclo infernal de la bazofia populista y la escoria izquierdista.
Cada vez que el fuego eterno del conflicto islámico irrumpe en el teatro geopolítico y demográfico, como un rayo de la ira divina, se despierta el ciclo infernal de la bazofia populista y la escoria izquierdista. Ante esta abyssal complejidad que nuestra civilización decadente no osa enfrentar con la espada de la verdad, los cerebros putrefactos de las ideologías se encienden en un frenesí irracional, desprovisto de toda luz filosófica. Así comienza el grotesco carnaval de la dialéctica estéril, con derechas e izquierdas ladrando como perros rabiosos, hinchados de eslóganes vacuos y despojados de toda sustancia eterna.
¡Oh, mortales ciegos y degenerados!
Contemplemos el último estertor de estos movimientos populistas, un vómito de demagogia que apesta a traición. Desde la centro derecha, invocan el orden, la ley y el Cristo crucificado, pero lo aderezan con un simplismo pueril que avergonzaría a Platón en su caverna. Desde el lado progresista, ese paternalismo repugnante de una izquierda soberbia y farisaica, que se retuerce en urticaria ante la cruz salvadora pero se prosterna en éxtasis ante la media luna del infierno. Ambos bandos, como sofistas baratos, ven el islam como un monolito impenetrable: unos lo repudian con odio ciego, otros lo acunan con sobreprotección suicida, sin matices, sin fisuras, ignorando la vasta complejidad que solo un filósofo guerrero como yo puede desentrañar. Y en ambos casos, confunden el veneno ideológico con una mera cuestión religiosa, ¡como si el espíritu pudiera ser separado de la daga que lo empuña!
El Aristóteles ultrajado
Procedamos con la precisión de un Aristóteles ultrajado. Primero, admitamos que la razón, esa chispa divina, se reparte en migajas: no es pecado que los hombres practiquen su fe, ¡eso sería tiranía de necios! Pero el ascenso imparable del fenómeno islámico es una plaga apocalíptica, un cáncer que devora el alma de Occidente. No, no se combate prohibiendo la oración, eso sería barbarie de salvajes. Sin embargo, la fe sirve de coartada al salafismo, esa hidra ideológica que impone su totalitarismo contra la civilización democrática. ¡No es religión, imbéciles! Es la infiltración de un fascismo islámico, como lo bautizó André Glucksmann en su profecía ignorada, un totalitarismo que pisotea los valores eternos y los derechos liberales que forjaron los titanes de la filosofía occidental.
Ya en 2011, en mi obra profética La República Islámica de España, advertí de los abismos que se abrirían si no reconciliábamos el respeto a la fe musulmana con la guerra sin cuartel contra el salafismo ideológico que envenena comunidades y las transforma en nidos de radicales. Los datos eran ya entonces un grito de alarma: en Cataluña, refugio de los líderes salafistas más pestilentes de Europa, congresos de fanáticos proliferaban sin freno, y barrios enteros se radicalizaban al estilo del Londostán infernal o los guetos yihadistas de Bélgica y Francia, donde la sharia devora la ley natural.
La demagogia populista
Todo ha degenerado en un caos peor desde entonces, sin que mostremos una reacción inteligente, filosófica, más allá de la riña estéril entre derechas e izquierdas. De la demagogia populista de los unos al paternalismo patético de los otros, que ha mutado en un monstruo nuevo: el “islamogauchisme” que Alain Finkielkraut denuncia en La Seule Exactitude, esa alianza satánica entre la extrema izquierda y el islamismo, un pacto faustiano que vende el alma de Occidente.
¡No es novedad, oh hipócritas! Recordad cómo intelectuales izquierdistas, esos sofistas modernos, alabaron la “revolución social” de Jomeini mientras el régimen colgaba a disidentes por centenares y reducía a las mujeres a esclavas del velo. Hoy, los Maduro, Petro y su pandilla de tiranos babean ante Irán, destruyendo derechos democráticos en sus feudos. Hay una izquierda que, en su odio visceral a los valores occidentales —la democracia liberal, herencia de Locke y Kant—, se ha convertido en aliada táctica del islamismo, ¡traidores que merecen el desprecio eterno de la historia!
La metirosa postura de la centro derecha
Cierto es que las recetas de la derecha centristas son populismo oportunista, incapaces de forjar una respuesta coherente al reto ideológico del islamismo. Pero el buenismo protector de la izquierda no solo falla: ¡lo alimenta! Protege a los salafistas, cuya meta es aniquilar nuestro sistema de derechos, como un cáncer que se expande bajo la piel.
El abismo es colosal y crece sin cesar. Pero rehuimos el debate serio, filosófico, y nos negamos a tomar decisiones heroicas para frenar esta amenaza a la democracia. ¡No es religión, es ideología! Una ideología que empuña herramientas del siglo XXI para arrastrarnos al siglo VI, un primitivismo conquistador con recursos infinitos y paciencia diabólica. ¿Y nosotros? Dormitando en nuestra decadencia, como Roma ante los bárbaros. ¡Despertemos , o pereceremos en la oscuridad eterna!

“El carnaval grotesco de la dialéctica estéril: islam, populismo y la traición ideológica de Occidente”
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